viernes, 17 de junio de 2016

El prodigio

Dedicado a mi papá.





            El alfarero prepara el barro como un demiurgo. Mezcla el agua y la arcilla,  florece en barro. Amasa la mixtura. Blanquea la mente. Se concentra en lo incierto, en el misterio creativo. Muta el cosmos entre sus manos. Lo habita.
            Argamasa de paciencia, medida y esencia. Une el barro todo y gesta las pellas como pequeños planetas. Prodigio del corazón del artesano.
La pella es lisa, suave a caricias. Es un huevo, una promesa. Es toda la potencialidad del universo, es una muestra de humanidad.
            Con un golpe seco y preciso, el alfarero planta la amalgama en el centro del plato. Se fija ahí, le crecen raíces. Y empieza la danza: el torno gira como el eje de una galaxia. Gira chúcaro, gira, gira, gira.
            El alfarero sumerge su mano en agua y salpica la pella sedienta.  Sepulta la mano en el centro, buscando el corazón. Lo enciende. Lo seduce y el barro cede.
            Una mano ahueca, la otra sostiene el portento. Una libera, la otra contiene. Una agranda, la otra acaricia.
            Más agua, gotas que germinan en la arcilla. Crece la magia, descubre la forma del útero. Y el agujero es recipiente, es la posibilidad recién nacida. El alfarero se hace también esa vasija.
            El hombre lentifica el plato, lo detiene, cesa la danza. Un segundo quieto como un suspiro. El hombre habita la historia. Corta la unión del barro al plato, es un recién parido. Nace el ánfora, nace el alfahar.

            Toma entre sus manos recién anidadas el cántaro y lo coloca en un lugar umbrío. Allí comenzarán los dos a endurecerse y criar la vida. Luego, los besos del fuego le darán una nueva vida.     

miércoles, 18 de marzo de 2015

Capítulo 5 - Sin turno



   Además  de los análisis,  el médico le había pedido a Flo unas ecografía de tiroides y radiografías de espalda,  porque le había contado que desde hacía un tiempito,  tenía un dolor en la espalda que apareció allá lejos y hace tiempo.  El dolor fue primero una semilla oscura entre la cuarta y quinta cervicales.  Luego fue creciendo,  ramificándose, calando en profundidad (preferiblemente en la noche)  como las alubias mágicas de Jack.  Y,  cuando se decidió a ir al médico,  nombró como al pasar que sentía una reunión de gigantes en su espalda que la aplastaban.  Trató de no darle importancia porque no tenía tiempo de ponerle atención a este dolor difícil de aceptar y de definir,  pero el médico lo tomó muy en serio.
   El tamaño de los estudios y las radiografías eran incómodos de llevar y optó por usar la coqueta bolsa de tela que le había regalado su cuñada,  Coty. A primera vista,  la bolsa le pareció enorme y exagerada,  pero ahora le venía muy bien.  Y ya que estaba le agregó la agenda,  dos carpetas y una novela para leer en los tiempos muertos.
   Fue imposible que Flo no imaginara que allí metía las pruebas del estado de su cuerpo al cargar con gigantes sobre su espalda durante cinco días a la semana.  También pensó que llevaba a los mismos gigantes.  Y más tarde hasta estaba segura que sus gigantes habían invitado amigos y daban una fiesta.
   El médico le había dicho que no sacara turno, fue obediente.  Se presentó primera,  como era su costumbre,  por si el médico la podía atender antes que a los pacientes con turnos,  pero el médico llegó tarde,  como era su costumbre.  Aunque intentó hablar con el médico después de cada paciente que salía,  el médico le pidió paciencia,  disculpas y hacía pasar al siguiente.  Por otro lado,  esta actitud les generaba a los "con turno" incomodidad  y se lo demostraban de variadas maneras:  algunos se habían polarizado en el lado opuesto de la sala de espera y hablaban en voz baja,  cosa que se veía a las claras que era en su contra.
   Suspiraban con evidente incomodidad cada vez que le preguntaba a la enfermera si no había faltado alguien o si le podía avisar al médico que ella estaba allí.  Alguno hasta le aconsejó que para la próxima vez,  sacara turno con antelación porque no era por orden de llegada.   Mientras tanto la llamaron seiscientas veces de su trabajo,  les llegaron otros quichicientos mensajes de texto y nada.
   Finalmente el médico la hizo entrar después de que se fue el último paciente y que ella se había terminado su novela de los tiempos muertos.

- ¡Hola,  Flo! Adelante- Soltó con una sonrisa.- Ya te puedo atender.

- Podría haber sacado turno y no hubiera perdido tanto tiempo sentada allá afuera.- Le reprochó evitando la mejilla que le extendía el médico para saludarla.  Se sentó y sacó lo estudios con mano decidida y enérgica.

- ¡Pero,  Flo!- Rebatió el doctor con intensión conciliadora y sonrisa de pasta de dientes blanqueadora.- Si aquí tenías aire acondicionado,  luz para leer y unos muy cómodos sillones para relajarte.-  Y más confidente,  agregó.- Si te vi que leíste un montón y pensé que sería un buen descanso después de aquella lista enorme de cosas que hacés durante el día.

-  Mire, doctor... - Pronunció lentamente para poner los puntos sobre las ies y con su dedito índice levantado.- no se haga el gracioso conmigo.  Si quería que descansara,  págueme unas vacaciones en el caribe o déjeme a mí elegir mis momentos de esparcimiento.

   Eso es lo que le hubiera gustado responder... pero en realidad entró en silencio,  con cara de pocos amigos y sacó los estudios con un gesto de espadachín.  Y miró al médico con todo el resentimiento que había acumulado en esas tres horas que pasó incomunicada y presa por decisión del médico.

   El diagnóstico:  Anemia.  Hipotiroidismo y contracturas múltiples.  Nada de qué  preocuparse.

- ¿Cómo que nada de qué preocuparse?  ¿Y esas tres palabras que acaba de pronunciar?  ¿Acaso no tengo derecho a que me expliqué qué padezco,  aunque haya venido sin turno?  - Sintió ganas de explotar y dejar que los gigantes que siempre llevaba con ella apretándole la cuarta y quinta vértebras se le cayeran encima y lo aplastaran.

   El médico le explicó detalladamente y fue haciéndole receta,  indicaciones,  gráficos,  rayas y estrellas.  Flo recogió sus pedazos y salió del consultorio.  No saludó al médico.  Sacó turno para dentro de un mes para hacerse un control de las pastillas que le recomendó.  El turno número uno,  se sacó.  Cargó toda su vida adentro de la maravillosa bolsa hecha por Coty y salió hacia la farmacia a buscar el alivio con forma de pastillita.
   Ya en la vereda,  cuando el aire caliente de la realidad y el vaho del cemento le cacheteó las mejillas,  notó algo nuevo en su interior.  Un pequeño escosor,  ruidito de papel rasgado,  picazón en la nariz y hasta ganas de estornudar. Era algo con sabor a veneno... Estornudó.

- ¡Salud! - Le dijo en voz alta alguien en su interior con una forma de hablar muy parecida a la de su mamá.- Apurate y espabilate que deberías haberle pedido,  además,  un energizante para poder hacer todas las cosas que te quedaron pendientes.
   La próxima vez,  sería bueno que te dieran como aliciente,  un descuento en un laboratorio clonador.

viernes, 20 de febrero de 2015

Capítulo 4 - Odiadoras seriales


Flo dejó el auto en el taller y tenía que retirar los análisis antes de ir a la oficina.

"Mejor" -se dijo sin mucha convicción. - Fin de mes, no pago estacionamiento.  Viernes de bancos y el centro va a estar insoportable.  Yo me bajo del colectivo en la esquina y camino libremente.
También recordó que esa mañana había encontrado finalmente su celu perdido.  Había transitado  todo la programación del lavarropas:  desde el remojo,  prelavado, lavado,  enjuague dos veces y centrifugado.  Dejó el funeral electrónico para el medio día y anotó en su agenda: Comprar arroz.
No debía pasar a retirar los análisis.  Me llevará un momentito si voy a primera hora,  se dijo.

Como era temprano y el verano había cedido un poco,  Flo eligió una camperita floreada primorosa de media estación para salir.  Pero,  apenas entró en la sala de espera,  sintió mucho calor.  Se la sacó y la colgó en la cartera,  la cartera en el asiento a su lado.  Los asientos en un recodo de la sala donde había mala luz para leer mientras esperaba. Mientras esperaba, una señora muy aseñorada se sentó en el asiento al otro lado.  Y la camperita se escurrió hasta el suelo.  Quedó allí tirada como un trapo indeseable sin que Flo lo percibiera.

La señora saludó a Flo con una familiaridad sorprendente.  Y se lanzó a hablar como en una maratón.

- ¡Qué calor hace acá! In-so-por-ta-ble. - Remarcó las sílabas con agudos de su voz de pito. ¡Con lo que uno paga por estos servicios y no prenden el aire!

Dijo aire solo,  así como si no necesitara acondicionado para existir, como si de repente la pusieran en una probeta y la abandonaran a su suerte,  o  la mandaran al espacio sin casco ni escafandra...O peor,  hasta el Aconcagua todo de un tirón y con pantuflas.

- Y esta luz. ¡Un horror... un horror! (Debió haber dicho dos. ¿No?)   Me voy a quedar dormida aquí mismo y nadie se va a dar cuenta porque no se ve ni lo que se dice.-  Tomó unos segundos de aliento y continuó.- Y estoy tan incómoda. ¿Vio? - Flo solo alcanzó a asentir con la cabeza y la señora muy aseñorada siguió con su catarata de "yo, yo, yo".- Es que no consigo tampones por ningún lado.  Mi hija dice que no me preocupe,  pero yo no puedo pensar en otra cosa.  ¿Me entiende? Porque yo sé... yo sé que son todos estos políticos que están especulando. - Flo no pudo evitar la cara de desconcierto al no encontrar la relación.- Mire,  yo le explico:  como no pueden acaparar dólares,  ni les conviene lo de la soja... se dedican a acaparar cosas que saben que pueden vender al doble o triple cuando la gente se desespere.

Respiró,  se arregló el pelo y se estiró la ropa para no perder la compostura,  aunque resongaba por lo bajo.

- Y estos,  parece que son muy ahorrativos con el aire,  pero compran unos trapos de piso re finos. ¿No?

Flo estaba bajo el hechizo constante y exasperante de la señora muy aseñorada y miró en dirección al señalamiento de extravagancia como un acto reflejo.  Allí estaba acurrucada y denigrada su camperita primorosa. Se tiró al piso.  No podía hacer menos. La rescató del suelo bajo el asiento a su lado y de la lengua filosa y destructiva de la mujer.

Mientras,  en la recepción,  había comenzado el movimiento de asistentes,  papeles,  ficheros y computadoras.  Tal vez se juntaron la falta de buena luz para leer,  la falta de energías del cuerpo,  la falta de buena compañía para hacer que Flo no escuchara que la nombraban.  Y la odiadora serial disfrazada de señora muy aseñorada arremetió con su estocada final.

- Ja.  "Roberta".  A esa no la esperaban.  Seguramente sus padres esperaban a un varón y no pudieron pensar en otro de nena.  Entonces ligó ese.

- ¿Roberta,  dijo?

- Sep. Y después un apellido impronunciable.

- ¿Querouac?

- ¡Sí!  Ese.  ¿Cómo sabe?  ¿La conoce?

- Soy yo.    

Se levantó de su asiento con la sensación de llevar cien toneladas de cerdo podrido encima, sus crías y todo el barro de sus patas.  Aseguró bien la camperita sobre su brazo.  Se acercó a la chica que en voz paciensosa (especialmente sosa) repetía "Roberta Querouac".  ¿Dónde está Querouac?  ¿Querouac?  ¿No está? (Como si alguien pudiera responder por alguien a quien ni conocen).
Flo levantó la mano,  se acercó,  tomó el sobre blanco que le extendía la paciensosa y con un movimiento seco de la cabeza dio por finalizado el interminable momento de "buscar los análisis".

jueves, 15 de enero de 2015

Capítulo 3 - Nos nombran sin medir las consecuencias.





   Flo no era su verdadero nombre,  era un apodo que le puso su primo Víctor Hugo cuando eran chicos.  Apenas dos añitos y el pibe ya bautizaba...
   El pequeño Víctor era como una especie de pulpo con poderosas ventosas que habitaba las mañana del verano de Flo.  La madre de Flo cuidaba al monstruito mientras su hermana lidiaba con un trabajo en el que le pagaban miserias.
   A la hora de preparar el almuerzo,  la madre de Flo,  sin hacer caso a los reclamos de su hija,  transfería la tutoría del niño-ventosa.  La nena no se esmeraba nada en hacer placentera esa hora escasa para el pequeño Víctor Hugo,  que la seguía sin titubear y carcajeaba aún cuando Flo intentó asustarlo con su galería de caras horrorosas.
   Flo era escencialmente libre;  le encantaba vivir despeinada,  correr hasta no poder retener el corazón en el cuerpo,  chapotear en los charcos de lluvia aunque la amenazaran con mil castigos y columpiarse hasta el límite para sentir que un poco de cielo le rozaba la cara.  Vigilar un niño no estaba entre sus actividades predilectas.
   Fue un día de esos en que debía cuidar a Víctor Hugo que se le ocurrió una idea genial para desahacerse definitivamente del primo-molusco.  Lo tramó con cuidado... vació la pileta de lona con la excusa de lavarla y la corrió unos metros.  Preparó el escenario con cuidado y practicó el salto varias veces.  Dio unas explicaciones difusas a su padre cuando le preguntó sobre el cambio de lugar la pileta y se fue a dormir temprano para no sufrir más interrogatorios.
   Durante la noche llovió silenciosamente y dejó sobre las plantas del patio un manto de pureza y brillo que la hizo pensar en el primer día de la creación.
   Fue difícil escabullirse con Víctor hasta el jardín sin que su madre advirtiera la maniobra.  Luego,  comenzaron a balancearse en el columpio y ya nada podía impedir que se cumpliera su plan maestro.
   El niño-pulpo,  sentado en la falda de Flo, subía y bajaba estudiando si el vértigo que le ocasionaba columpiarse tan alto le provocaba placer o susto.  Flo se empujaba con fuerza cada vez que bajaban de espaldas al suelo y se hacía para atrás con la punta de los pies tensos hasta tocar as hojitas del árbol que sostenía el columpio.
   A Flo se le mezcló su propio placer de ir y venir por el aire con el plan de deshacerse de su primo pegajoso.  Y,  en lugar de lanzarse hacia la pileta llena de agua,  la duda se le cruzó a último momento y se soltó tarde.  Los dos salieron despedidos del columpio-plataforma y aterrizaron a escasos centímetros de la pileta en un gran charco de barro que se había formado durante la noche.
   Adolorida y arrepentida,  Flo intentó levantarse del charco,  pero el barro la succionaba y le hacía hacer ruidos de pedos que sonaron a "flo,flo,flo"
   Víctor no sufrió el golpe y una carcajada en toda la cara no le impedía repetir "flo,flo,flo" cada vez  que su prima se movía.
   Por suerte su madre creyó que había sido una serie de eventos desafortunados y se los llevó rápidamente a la ducha para quitarles el barro mientras el niño-pulpo la miraba a Flo con complicidad y a modo de invitación repetía: ¿Flo?
   Desde ese momento,  para mal de la prima, todos comenzaron a imitar a Víctor Hugo y la llamaban como a un pedo del barro.
   

sábado, 20 de diciembre de 2014

Capítulo 2 - Análisis urgente



 
El médico no se privó de nada al momento de solicitar análisis. Y para que estuvieran listos para este año... les escribió y recuadró:  URGENTE.  A Flo la sorprendió la palabra y el poder que tenía para que se hicieran las cosas más fácil. Y como la bioquímica cercana a su casa tenía todos los turnos dados,  le dio un preturno.  Imprimió la orden con un cero antepuesto a su apellido,  un cero como una luna nueva o como un bostezo.
   Flo era puntual y esa mañana,  más que nunca.  El sueño,  que generalmente le anida a Flo,  a modo de turbante,  sobre la coronilla,  se fue deslizando en dirección a los pies a medida que ella se incorporaba.  Y allí se quedó,  volviendo los pies mucho más pesados e ingobernables.  Caminó hasta el baño arrastrando las pantuflas y el último tirón de sueño.
   Hizo pis. Tapó el recipiente de plástico y lo puso adentro de la bolsita que traía e inmediatamente adentro del bolso,  para no olvidárselo a último momento.  Se duchó y repasó mentalmente todo lo que tenía que hacer.  eligió una bermudas blancas y una remera celeste agua que resaltaban su color bronceado.
   A las seis y media ya estaba tocando el timbre del laboratorio y para su sorpresa,  la bioquímica apreció por detrás de ella con las llaves del consultorio en la mano y el mismo turbante de sueño que aún no le bajaba a los tobillos.
- ¡Uf!  ¿Hace mucho que esperás?
- No.  Recién llego...- Respondió Flo un tanto desconcertada,  porque uno tiende a creer que las personas que tienen turnos de noche o a primera hora de la mañana siempre están ahí,  no pueden venir de una casa con otras obligaciones,  con niños somnolientos y maridos engripados.
   La bioquímica abrió el Laboratorio.  Adentro calor.  La mujer encendió las luces,  abrió ventanas,  también prendió el aire acondicionado y se fue a seguir despertando al resto del edificio. Flo se sentó en la sala de espera y el cansancio aprovechó la temperatura templada y la oscuridad de la madrugada para mecerla.  No se dio cuenta de que otras personas fueron llegando y la bioquímica tuvo que llamarla dos veces para que volviera del letargo.
   Flo se puso de pie y caminó por el pasillo sorprendiéndose de toda la gente que había llegado sin que ella se percatara y que ahora la miraba pasar. La bioquímica ni la miró y le pidió la muestra de orín.  Flo introduce la mano en su bolso,  saca la caja con su nombre y número de afiliado,  que tiene adentro una bolsita y adentro el recipiente plástico... vacío.
   Aún asombrada, deja la muestra sobre el escritorio y saca su agenda que chorrea y mira el charco que está justo debajo de ella,  uno que se extiende en gotitas hacia el otro charco donde estuvo antes sentada.  Casi a punto de llorar se da vuelta hacia la mujer de guardapolvo blanco que,  para marcar la frecuencia con que esto pasa,  agrega.
- ¡Ah!  Menos mal que el médico no solicitó análisis de materia fecal.


domingo, 14 de diciembre de 2014

Capítulo 1 - La bella durmiente



Flo se sentía cansada,  muy cansada. No tenía fuerzas ni para batir el cafecito antes de dormir.  Tan cansada,  que sentía que todo le pesaba el doble,  que las conversaciones sobre el acto de fin de año de la escuela la aburrían el triple y que ya no importaba si alguien en la casa se acordaba de sacar al perro a caminar por la mañana.  Decidió consultar a un médico.

- Me duermo en los sillones mirando el noticiero y hasta parada... La otra noche me apoyé en el marco de la puerta del baño esperando que la nena terminara de hacer pis y me quedé dormida. ¿Te das cuenta? - Le contaba a su amiga Anita con la que salía a correr a la tres de la tarde.- Me dan una especie de mareos.
- ¿No estarás embarazada? - Disparó la amiga bajo la mirada reprobatoria de Flo.- Entonces podés estar anémica.  Comé mucha espinaca y andá al médico para que te recete algo que te quite el sueño.

El médico le quitaba el sueño a Flo porque era de recetar estudios ante cualquier consulta y ella quería soluciones rápidas,  no quería sentirse más como  una sonámbula.  El doctor la revisó,  la pesó y la midió - le hizo acordar cuando era chica y su papá iba coleccionando marcas en el marco de la puerta que decían cuántos centímetros había logrado para alcanzar el techo-. Luego escribió la lista de actividades diarias que conformaban la vida cotidiana de Flo y logró llenar dos páginas y media con su caligrafía apretada.

-Y por la noche... ¿Cómo dormís?
- Duermo profundamente las primeras dos horas,  casi no me muevo.  A las tres,  más o menos,  me despierto y doy una vuelta por la casa revisando si las puertas están cerradas, o si ya volvió Juaco (porque mi hijo mayor sale con sus amigos como hasta las doce de la noche) y me vuelvo a acostar.  Si no hay ruidos en la casa que me despierten,  como la otra noche que se metió un gato por la ventana y dio vuelta el basurero y yo ni me imaginé qué sería y me levanté asustadísima,  con un bastón en la mano y dispuesta a pegarle un palazo a la amenaza... Bueno,  si eso no ocurre,  duermo hasta las cinco de la mañana y en ese momento me despierto,  antes de que suene el timbre y con miedo de que me quede dormida y todos lleguemos tarde.
- ¿Estás casada o divorciada?
- Vivo y duermo con mi marido... Pero él no se despierta ni con una murga saltando y cantando al lado de la cama.
El médico le explicó con suma paciencia, todas las ventajas de delegar tareas, los beneficios de dormir profundamente y las ocho horas que necesita el cuerpo.

- ¡Bueno,  no es para que te vayas! - Dijo, viendo la reacción de Flo que ya había tomado el picaporte para irse.- Te voy a recetar estos análisis y estos estudios.  Cuando los tengas a todos,  te venís sin turno, que te voy a atender primera.

Así hizo.  Los análisis y estudios decían "Urgente" para que le dieran una solución pronta a este tema que se volvía una pesadilla.
Esa tarde la llamaron por teléfono sus amigas,  las que se habían enterado por Anita, que Flo estaba un tanto cansada y preocupadas por su salud y por los arreglos que había que hacer con el micro para la salida de los niños a la granja que ella tenía que contratar.

- Ando cansada,  no perdí la memoria. - Respondió Flo con marcado tono de obviedad.  Luego hizo las llamadas para los estudios y análisis.



sábado, 5 de julio de 2014

Declaración con aclaraciones



Anoche fui a escuchar a Pablo Bernasconi conferenciar en el Le Parc (Qué espacio cultural maravilloso) ¡Gratis! (Sí,  gratis.  Casi ni lo habían publicitado) Éramos muy pocos los asistentes. (¡Lástima que no lo fuera a escuchar más gente).  La conferencia-charla fue cálida,  entretenida,  creativa, humorística, generosa.  Todos estos adjetivos derivados de la personalidad de su autor.  Cuando llegó el momento de las preguntas eran muy dirigidas a lo económico (¡Como si su grandeza se midiera con el signo pesos! ¡Como si el verdadero encanto fuera su habilidad para vender sus productos)  Yo caí en su embrujo y me dejé llevar  por las anécdotas,  las ideas,  las demostraciones de humanidad (Descubrí que él es en parte humano porque también se equivoca.),  el sostenimiento de sus convicciones y no le pregunté más sobre lo que es verdaderamente importante:  ¿A qué jugaba cuando era chico? ¿Tenía un mejor amigo o una mejor amiga? ¿Cuál fue el primer libro que lo conmovió? ¿Por qué?  ¿Cambiaría algo de sus libros? ¿Qué libros tiene en su biblioteca de "tesoros"? (Yo tengo los de él y otros más).
Sé que sigue jugando en sus textos e ilustraciones,  pero juega con toda seriedad y en serio,  como lo hacen los niños.  Por eso creo que es un grande (Y no un adulto) con esa grandiosidad que lo envuelve en ingenuidad e inteligencia.